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La Función Trascendente (1)![]() No hay nada misterioso o metafísico en el término “función trascendente”. Significa una función psicológica en cierta forma comparable a una función matemática del mismo nombre, que es una función de números reales e imaginarios. La “función trascendente” psicológica surge de la unión de los contenidos conscientes e inconscientes. La experiencia de la psicología analítica ha mostrado ampliamente que el consciente y el inconsciente raramente concuerdan en sus contenidos y tendencias. Esta carencia de paralelismo no es sólo accidental o desprovista de propósito, sino debida al hecho de que el inconsciente se comporta de una forma compensatoria o complementaria respecto del consciente. También podemos decirlo de la forma opuesta, como que el consciente se comporta en forma complementaria al inconsciente. Las razones de esta relación son: 1.- La consciencia posee una intensidad de umbral cuyos contenidos deben ser alcanzados, de tal modo que todos los elementos que son demasiado débiles permanecen en el inconsciente. 2.- La consciencia, debido a sus funciones dirigidas, ejerce una inhibición (que Freud llama censura) sobre todo material incompatible, con el resultado de que estos se hunden en el inconsciente. 3.- La consciencia constituye el proceso de adaptación momentánea, mientras que el inconsciente contiene no sólo todo el material olvidado del propio pasado individual, sino todos los rastros del comportamiento heredado que constituyen la estructura de la mente. 4.- El inconsciente contiene todas las combinaciones imaginarias que aún no alcanzan el umbral de intensidad, pero que en el curso del tiempo y bajo las condiciones apropiadas entrarán en la luz de la consciencia. Esto explica fácilmente la actitud complementaria del inconsciente hacia el consciente. Las características de definición y dirección de la mente consciente son cualidades de adquisición relativamente recientes en la historia de la humanidad, de las cuales los primitivos actuales, por ejemplo, aún carecen en una amplia proporción. Estas cualidades están a menudo deterioradas en el paciente neurótico, que difiere de la persona normal en que su umbral de consciencia se desplaza más fácilmente; en otras palabras, la frontera entre consciente e inconsciente es mucho más permeable. El psicótico, por otra parte, está bajo la influencia directa del inconsciente. La definición y dirección de la mente consciente son adquisiciones extremadamente importantes por las cuales la humanidad ha pagado un alto precio, y que a su tiempo habrán de brindar a la humanidad el mayor servicio. Sin ellas la ciencia, la tecnología y la civilización serían imposibles, ya que presuponen una continuidad y dirección confiable de los procesos conscientes. Para el político, el médico y el ingeniero, tanto como para el simple obrero, estas cualidades son absolutamente indispensables. Podemos decir en general que la desvalorización social aumenta en el mismo grado que estas cualidades son deterioradas por el inconsciente. Los grandes artistas y otros seres distinguidos por sus dotes creativas son, por supuesto, excepciones a la regla. La gran ventaja de la que estos individuos disfrutan consiste precisamente en la permeabilidad de la frontera que separa el consciente y el inconsciente. Pero, para aquellas profesiones y actividades sociales que requieren justamente de esta continuidad y confiabilidad, esos seres humanos excepcionales son de poco valor. Es por tanto comprensible, y aún necesario, que los procesos psíquicos en cada individuo deban ser tan estables y definidos como sea posible, dado que las exigencias de la vida lo demandan. Pero esto implica una cierta desventaja: la cualidad de dirección ejerce una inhibición o exclusión de todos aquellos elementos psíquicos que parecen ser, o que realmente son, incompatibles con ella, probablemente para sesgar la dirección que se intenta de modo de adaptarla a sus propósitos, conduciendo hacia una meta indeseada. Pero, ¿cómo sabemos que el material psíquico que sobreviene es “incompatible”? Lo sabemos a través de un acto de juicio que determina la dirección del sendero escogido y deseado. Este juicio es parcial y prejuiciado, ya que escoge una posibilidad particular a expensas de las demás. El juicio está a su vez siempre basado en la experiencia, esto es, en lo que ya es conocido. Como norma, nunca está basado en lo que es nuevo, en lo que aún es desconocido, y en lo que bajo ciertas condiciones podría enriquecer considerablemente el proceso de dirección. Es evidente que esto no es posible, por la real razón de que los contenidos inconscientes están excluidos del consciente. Mediante estos actos de juicio, el proceso de dirección necesariamente se vuelve unilateral, aún cuando el juicio racional pueda parecer multifacético y desprejuiciado. La verdadera racionalidad del juicio puede incluso ser el peor prejuicio, ya que llamamos razonable a lo que a nosotros nos lo parece. Lo que nos parece poco razonable está por tanto condenado a ser excluido debido a su carácter irracional. Puede realmente ser irracional, pero igualmente puede sólo parecer irracional sin realmente serlo cuando se lo contempla desde otra perspectiva. La unilateralidad es una característica inevitable y necesaria del proceso de dirección, porque la dirección implica unilateralidad. Es una ventaja y al mismo tiempo un inconveniente. Incluso cuando ningún inconveniente evidente parezca estar presente, siempre hay igualmente una acentuada contraposición en el inconsciente, excepto en el caso ideal en el cual todos los componentes psíquicos tienden en una y la misma dirección. Esta posibilidad no puede ser discutida en teoría, pero en la práctica rara vez sucede. La contraposición en el inconsciente no es peligrosa hasta que no alcanza una carga elevada de energía. Pero si la tensión aumenta como resultado de una unilateralidad exagerada, la contra-tendencia irrumpe en el consciente, por lo general justo en el momento en el que es más importante mantener la dirección consciente. Así una persona tiene un lapsus lingue cuando desea especialmente no decir nada estúpido. Este momento es crítico debido a su alta tensión energética, la cual, cuando el inconsciente está cargado, puede “relampaguear” y liberar fácilmente el contenido inconsciente. La vida civilizada actual demanda un funcionamiento consciente concentrado y dirigido, acarreando el riego de una disociación considerable con respecto al inconsciente. Cuanto más capaces seamos de trasladarnos desde el inconsciente al consciente a través del funcionamiento dirigido, más rápido sucederá que una poderosa contraposición pueda erigirse dentro del inconsciente, y cuando estalle puede tener desagradables consecuencias. El análisis nos ha dado una profunda comprensión de la importancia de las influencias del inconsciente, y hemos aprendido tanto de esto en nuestra vida práctica como para estimar imprudente esperar una eliminación o suspensión del inconsciente luego del así llamado término del tratamiento. Muchos pacientes, reconociendo vagamente este estado de cosas, presentan grandes dificultades para decidir poner término al análisis, aunque ambos – ellos y el analista - tengan el sentimiento de una tediosa dependencia. A menudo ellos temen que esté en riesgo la permanencia sobre sus propios pies, porque saben por experiencia que el inconsciente puede intervenir una y otra vez en sus vidas alterándolas de una forma aparentemente impredecible. En los inicios del psicoanálisis se asumía que los pacientes estaban listos para retornar a su vida normal tan pronto como hubieran adquirido suficiente auto conocimiento práctico para comprender sus propios sueños. Sin embargo, la experiencia ha mostrado que incluso los analistas profesionales, de los que podría esperarse una maestría en el arte de la interpretación de sueños, a menudo capitulan ante sus propios sueños y deben llamar en auxilio a algún colega. Si aún el que presume ser un experto en el método prueba ser incapaz para interpretar sus propios sueños en forma satisfactoria, cuánto menos se puede esperar del paciente. La esperanza de Freud de que el inconsciente pudiera quedar “exhausto” no ha sido satisfecha. Las ensoñaciones y las intrusiones desde el inconsciente continúan – mutatis mutandis - sin impedimento. Existe un prejuicio vastamente extendido de que el análisis es algo así como una “cura”, a la cual uno se somete por un tiempo al término del cual es dado de alta, sanado. Este es un error del lego desde los primeros tiempos del psicoanálisis. El tratamiento analítico podría ser descrito como una readaptación de las actitudes psicológicas, alcanzada con la ayuda del médico. Naturalmente estas recientes actitudes ganadas por el paciente, mejor adaptadas a las condiciones internas y externas, pueden durar un tiempo considerable, pero hay muy pocos casos en los que una simple “cura” tiene un éxito permanente. Es verdad que el optimismo médico nunca se ha privado de la publicidad y siempre ha procurado informar curas definitivas. Sin embargo, no tenemos que dejarnos embaucar por aquellas actitudes demasiado humanas de los clínicos, sino más bien aceptar que se siguen produciendo situaciones problemáticas. No es necesario ser pesimistas; hemos visto demasiados resultados excelentes logrados con un poco de suerte y trabajo honesto. Pero esto no quita que reconozcamos que el análisis no es una cura-para-todo-para-siempre; no es más que, en principio, una más o menos completa readaptación. No hay cambio que sea incondicionalmente válido por un largo período de tiempo. La vida siempre tiene que ser emprendida de nuevo. Por supuesto, existen actitudes colectivas extremadamente durables que permiten la solución de los conflictos más típicos. Una actitud colectiva capacita al individuo para calzar dentro de la sociedad sin fricción, porque ella actúa sobre él como cualquier otra condición vital. Pero las dificultades de los pacientes consisten precisamente en el hecho de que su problema individual no puede ajustarse sin fricción dentro de una norma colectiva; requiere la solución de un conflicto individual si el conjunto de su personalidad tiene que permanecer viable. Ninguna solución racional puede ajustarse a esta tarea, y definitivamente no existe una norma colectiva que pueda reemplazar una solución individual sin alguna pérdida. La nueva actitud obtenida en el curso del análisis tiende, más pronto o más tarde, a ser inadecuada en algún sentido o en otro, y por eso necesariamente, y debido al flujo constante de la vida, una y otra vez requiere de nuevas adaptaciones. La adaptación nunca es lograda de una vez y para siempre. Ciertamente uno podría exigir del análisis que debiera capacitar al paciente para obtener nuevas orientaciones en su vida ulterior, y además, sin demasiadas dificultades. Y la experiencia muestra que esto es verdad hasta cierto punto. A menudo encontramos que pacientes que han realizado un completo análisis tienen dificultades considerablemente menores ante nuevos ajustes posteriores. No obstante, esas dificultades resultan ser frecuentes y pueden a veces ser realmente molestas. Esta es la razón por la que aún los pacientes que han tenido un análisis exitoso a menudo vuelven con su antiguo analista por ayuda en algún período posterior. A la luz de la práctica médica en general no hay nada muy inusual en ello, pero ciertamente contradice cierto entusiasmo fuera de lugar tanto desde el lado del terapeuta como desde el punto de vista de que el análisis constituye una única “cura”. En última instancia es altamente improbable que pueda haber alguna vez una terapia que se deshaga de todas las dificultades. El hombre necesita dificultades; son necesarias para la salud. Lo que a nosotros concierne aquí es sólo una excesiva cantidad de ellas. La pregunta básica para el terapeuta no es cómo deshacerse de las dificultades momentáneas, sino cómo las dificultades futuras pueden ser enfrentadas exitosamente. La pregunta es: ¿Qué tipo de actitud moral y mental es necesario tener hacia las influencias perturbadoras del inconsciente, y cómo puede ser ella transferida al paciente? La respuesta obviamente consiste en hacer desaparecer la separación entre consciente e inconsciente. Esto no puede ser hecho por la condena unilateral de los contenidos del inconsciente, sino más bien por el reconocimiento de lo que significa en la compensación de la unilateralidad de la consciencia y tomando en cuenta esta significación. Las tendencias del consciente y del inconsciente son los dos factores que juntas integran la función trascendente. Es llamada “trascendente” debido a que permite que la transición desde una hacia la otra actitud sea orgánicamente posible, sin pérdida para el inconsciente. El método constructivo o sintético de tratamiento presupone percepciones internas que estén al menos potencialmente presentes en el paciente y que por tanto puedan volverse conscientes. Si el analista no sabe nada de esas potencialidades no puede tampoco ayudar al paciente a desarrollarlas, excepto que tanto el analista como el paciente se consagren juntos al estudio científico idóneo para este problema, lo que como norma resulta impensable. En la práctica real, por lo tanto, el analista adecuadamente entrenado mediatiza la función trascendente para el paciente, es decir, le ayuda a religar consciente e inconsciente para alcanzar una nueva actitud. En esta función del analista yace uno de los muchos significados de la transferencia. El paciente se aferra por medio de la transferencia a la persona que parece prometer una renovación de su actitud; a través suyo busca el cambio, que le resulta vital, aún cuando él no sea consciente de estar haciéndolo. Para el paciente, por tanto, el analista posee el carácter de una figura indispensable y absolutamente necesaria para su vida. Por más infantil que esta dependencia pueda parecer, expresa una demanda extremadamente importante que, si se siente defraudada , a menudo se torna en una amarga aversión al analista. Por lo tanto es importante saber a qué es lo que apunta esta demanda oculta en la transferencia; existe la tendencia a entender esto sólo en su sentido reductivo, como una fantasía erótica infantil. Pero esto significaría considerar esta fantasía, la cual usualmente se refiere a los padres, literalmente, como si el paciente, o más bien su inconsciente, aún tuviera las expectativas infantiles que alguna vez tuviera hacia sus padres. Aparentemente todavía es la misma expectativa del niño hacia ayuda y protección de los padres, pero entre tanto el niño ha devenido adulto, y lo que era normal para un niño es impropio para un adulto. Esto entonces se ha convertido en la expresión metafórica de la necesidad no percibida conscientemente de ayuda en una crisis. Históricamente es correcto explicar el carácter erótico de la transferencia en términos del eros infantil. Pero en esta forma el significado y propósito de la transferencia no está siendo entendido, y su interpretación como una fantasía sexual infantil conduce lejos del problema real. La comprensión de la transferencia debe ser buscada no en sus antecedentes históricos sino en su propósito. La explicación unilateral, reductiva, resulta finalmente insensata, en especial cuando absolutamente nada nuevo surge de ella excepto la resistencia incrementada del paciente. El sentido de tedio que entonces aparece en el análisis es simplemente una expresión de la monotonía y pobreza de ideas, no del inconsciente - como a veces se supone - sino del analista, que no entiende que dichas fantasías no deberían ser sólo consideradas en un sentido concreto-reductivo, sino más bien en uno constructivo. El tratamiento constructivo del inconsciente, esto es, el asunto del significado y propósito, pavimenta el camino para la introducción del paciente dentro del proceso que denomino la función trascendente. Puede ser conveniente, en este punto, decir unas pocas palabras acerca de la objeción frecuentemente escuchada de que el método constructivo es simplemente “sugestión”. El método está basado, más bien, en la evaluación del símbolo (ya sea imagen onírica o fantasía) no en forma semiótica, como un signo de procesos rudimentarios instintivos, sino simbólicamente en su verdadero sentido, empleando la palabra “símbolo” como significando la mejor expresión posible para un hecho complejo aún no claramente aprehendido por la consciencia. A través del análisis reductivo de esta expresión no se obtiene sino una visión más clara de los elementos que originalmente la componen, y aunque no negaría que la comprensión incrementada de estos elementos pueda tener sus ventajas, pasa por alto , no obstante, el interrogante del propósito involucrado. La disolución del símbolo en esta etapa del análisis es por tanto un error. Al comienzo, sin embargo, el método de develar los significados de los complejos significados sugeridos por el símbolo es el mismo que en el análisis reductivo. El paciente aporta asociaciones que, normalmente, son suficientemente abundantes como para ser utilizadas en el método sintético. Nuevamente aquí ellas deben ser evaluadas no en forma semiótica sino simbólica. Lo que debemos preguntar es: ¿a qué significado señalan las asociaciones individuales A, B, C, cuando se consideran junto con la manifestación de los contenidos oníricos? Una paciente femenina soltera soñaba que alguien le regalaba una maravillosa espada antigua, ricamente ornamentada, desenterrada de un túmulo. Interpretación del sueño Asociaciones: La daga de su padre, quien una vez la había hecho centellear al sol frente a ella, lo que le hizo una fuerte impresión. Su padre era en todos sentidos un hombre enérgico, bastante inflexible, de temperamento impetuoso, y aventurero en lances amorosos. Una espada de bronce Celta: la paciente está orgullosa de sus ancestros celtas. Los celtas abundan en temperamento, impetuosidad, pasión. La ornamentación tiene un aspecto misterioso de tradiciones antiguas, runas, signos de sabiduría antigua, de civilizaciones arcaicas, herencia de la humanidad, traídas nuevamente a la luz desde el sepulcro. Interpretación Analítica: La paciente tiene un marcado complejo paterno y una rica trama de fantasías sexuales respecto al padre, a quien perdió tempranamente. Ella siempre se ha puesto en el lugar de su madre, aunque con fuertes resistencias hacia el padre. Nunca ha sido capaz de aceptar a un hombre como su padre y por lo tanto ha escogido sin convicción a hombres neuróticos contra su deseo. También aparece en el análisis una violenta resistencia hacia el médico-padre. El sueño desentierra su deseo por el “arma” de su padre. El resto es claro. En teoría, esto indicaría inmediatamente una fantasía fálica. Interpretación Constructiva: Es como si la paciente necesitara la tal arma. Su padre tenía el arma. Él estaba pleno de energía y vivía de conformidad a ello, y también se hacía cargo de las dificultades inherentes a su temperamento. Por tanto, aunque viviendo una existencia apasionada y excitante, él no era un neurótico. Esta arma es una herencia muy antigua de la humanidad que yace enterrada en la paciente y que fue llevada a la luz a través de una excavación (análisis). El arma se relaciona con la visión interna, con la sabiduría. Es un medio de ataque y de defensa. El arma de su padre era una voluntad apasionada e indeclinable, con la cual él se abrió camino a través de la vida. Hasta el momento la paciente ha sido lo opuesto en cada uno de estos asuntos. Ella está en el momento preciso de darse cuenta de que una persona puede anhelar algo y necesitar no solamente ser llevada, como había siempre creído. La voluntad basada en un conocimiento de la vida y en la percepción interior es una herencia arcaica de la raza humana, que también está en ella, pero hasta ahora yace enterrada, por lo que en relación a esto, también ella es la hija de su padre. Pero no lo había apreciado hasta ahora, debido a su carácter perpetuamente quejumbroso, mimado, de niña malcriada. Ella era extremadamente pasiva y completamente entregada a fantasías sexuales. En este caso no hay ninguna necesidad de alguna analogía suplementaria por parte del analista. Las asociaciones de la paciente proveyeron todo lo que era necesario. Podría ser objetado que este tratamiento del sueño implica sugestión. Pero esto ignora el hecho de que una sugestión nunca es aceptada sin una disposición interna a ella. O si luego de una gran insistencia es aceptada, es inmediatamente perdida otra vez. Una sugestión que es aceptada durante un tiempo siempre presupone una marcada inclinación psicológica que es solamente puesta en juego por la así llamada sugestión. Esta objeción es por tanto insensata y de ningún modo corresponde atribuir a la sugestión un poder mágico, o de otra manera la terapia de sugestión tendría un enorme efecto y podría hacer que los procedimientos analíticos fueran superfluos. Pero está lejos de ser el caso. Además, el cargo de sugestión no toma en cuenta el hecho de que las propias asociaciones de la paciente indican el significado cultural de la espada. Luego de esta digresión, retornemos al asunto de la función trascendente. Hemos visto que a lo largo del tratamiento la función trascendente es, en un sentido, un producto “artificial” debido a que es ampliamente sostenida por el analista. Pero si el paciente va a pararse sobre sus propios pies no debe depender permanentemente de ayuda exterior. La interpretación de los sueños sería un método ideal para sintetizar los datos del consciente y el inconsciente, pero en la práctica las dificultades para analizar los propios sueños son demasiado grandes. Ahora debemos aclarar lo que se requiere para producir la función trascendente. Primero, y por sobre todo, necesitamos material inconsciente. La expresión más fácilmente accesible de los procesos del inconsciente está indudablemente en los sueños. El sueño es, por así decir, un producto puro del inconsciente. Las alteraciones que el sueño experimenta en el proceso de alcanzar la consciencia, aunque irrefutables, pueden ser consideradas irrelevantes, ya que ellas también derivan desde el inconsciente y no son distorsiones intencionales. Las posibles modificaciones de la imagen onírica original derivan de un estrato más superficial del inconsciente y por tanto también contienen material valioso. Ellas son por demás productos de la fantasía que siguen el rumbo general del sueño. Lo mismo es aplicable a las imágenes e ideas subsecuentes que con frecuencia aparecen durante el adormecimiento o que surgen espontáneamente al despertar. Ya que el sueño se origina en el dormir, lleva consigo todas las características de un “abaissement du niveau mental” (Janet) (descenso del nivel mental) o de una baja tensión de energía: discontinuidad lógica, carácter fragmentario, formaciones por analogía, asociaciones superficiales con lo verbal, sonidos o tintineos, condensaciones, expresiones irracionales, confusión, etc. Con un aumento en la tensión de energía, los sueños adquieren un carácter más ordenado; llegan a ser de contenido dramático y revelan claras conexiones de sentido, con lo que se incrementa el valor de las asociaciones. Ya que la tensión de la energía durante el sueño es por lo general muy baja, los sueños, comparados con el material consciente, son expresiones inferiores de contenidos inconscientes muy difíciles de entender desde un punto de vista constructivo, aunque por lo general son más fáciles de entender en forma reductiva. En general, los sueños son inapropiados o difíciles de ser utilizados para el desarrollo de la función trascendente, debido a que resultan demasiado exigentes para la persona. Debemos por tanto buscar otras fuentes para el material inconsciente. Existen, por ejemplo interferencias inconscientes en el estado de vigilia: ideas ajenas al tema, deslices, embrollos y lapsus de memoria, acciones sintomáticas, etc. Este material es por lo general más útil para el método reductivo que para el constructivo; es demasiado fragmentario y carece de continuidad, lo que es indispensable para una síntesis significativa. Otra fuente es las fantasías espontáneas. Por lo general ellas tienen un carácter más estructurado y coherente y a menudo contienen material obviamente significativo. Algunos pacientes son capaces de producir fantasías en cualquier momento, permitiéndoles que surjan libremente tan sólo por la eliminación de la atención crítica. Tales fantasías pueden ser utilizadas, aunque este talento particular no es demasiado común. La capacidad de producir fantasías libres puede, sin embargo, ser desarrollada a través de la práctica. El entrenamiento consiste antes que nada en ejercicios sistemáticos para la eliminación de la atención crítica, produciendo así un vacuum en la consciencia. Esto incita la emergencia de cualquier fantasía que esté disponible. Por supuesto, un prerrequisito es que hayan fantasías con una elevada carga de libido realmente disponibles. Lo que naturalmente no es siempre el caso. Cuando no es así, se requiere de medidas especiales. Antes de entrar en esa discusión, tengo que admitir un incómodo sentimiento que me dice que el lector puede estar preguntándose, dubitativamente, ¿cuál es realmente la importancia de todo esto? ¿Y por qué es tan absolutamente necesario extraer contenidos inconscientes? ¿No es suficiente si de tanto en tanto ellos surgen por su propia decisión haciéndose sentir desagradablemente ? ¿Tiene uno por fuerza que rastrear el inconsciente hacia la superficie a la fuerza ? Por el contrario, ¿no debería ser el trabajo de los analistas el vaciar el inconsciente de fantasías y de esta forma volverlo ineficaz? Podría ser positivo considerar estos recelos con cierto mayor detalle, ya que los métodos para traer el inconsciente a la consciencia pueden chocar al lector por ser nuevos, inusuales, y quizás incluso como algo extraño. Por tanto, primero debemos discutir estas objeciones naturales, de modo que no nos detengan cuando empecemos a demostrar los métodos en cuestión. Como hemos visto, necesitamos los contenidos inconscientes para complementar la actitud consciente. Si la actitud consciente fuera sólo en un grado mínimo “dirigida”, el inconsciente podría fluir completamente por sí mismo. Esto es lo que de hecho ocurre con todas aquellas personas que tienen un nivel bajo de tensión consciente, como por ejemplo en los primitivos. Entre ellos, ninguna medida especial se requiere para alcanzar el inconsciente. Realmente, en ninguna parte se requiere de medidas especiales para esto, porque aquellas personas que menos se dan cuenta de su lado inconsciente son las más influenciadas por él. Pero son inconscientes de lo que está sucediendo. La participación secreta del inconsciente está presente en todas partes sin necesidad de nuestra indagación, pero como permanece inconsciente realmente nunca sabemos qué está sucediendo o qué esperar. Lo que estamos buscando es una forma de hacer conscientes esos contenidos que van a influenciar nuestras acciones, de tal modo que la secreta interferencia del inconsciente y sus desagradables consecuencias puedan ser evitadas. El lector sin duda preguntará: ¿por qué el inconsciente no puede ser dejado a sus propios recursos? Aquellos que aún no hayan tenido algunas pocas malas experiencias a este respecto naturalmente no verán razón alguna para controlar el inconsciente. Pero cualquiera con suficientes malas experiencias le dará una ávida bienvenida a la mera posibilidad de hacerlo. La dirección es absolutamente necesaria para el proceso consciente, pero como hemos visto, impone una inevitable unilateralidad. Dado que la psique es un sistema que se auto regula, tal como lo es el cuerpo, la contra-reacción reguladora siempre se desarrollará en el inconsciente. Si no fuera por la dirección de la función consciente, las influencias contrarias del inconsciente funcionarían sin obstáculo alguno. Es justamente esta dirección la que las excluye. Esto, por supuesto, no inhibe las contra-reacciones, que siguen adelante a pesar de todo. Su influencia reguladora, sin embargo, es eliminada por la atención crítica y la voluntad dirigida, porque las contra-reacciones como tales parecen ser incompatibles con la dirección consciente. En este sentido la psique del hombre civilizado no es un sistema auto-regulado sino que debiera más bien ser comparado con una máquina cuya regulación de velocidad fuera tan insensible que pudiera continuar funcionando hasta el grado de la auto-destrucción, mientras que por otra parte es objeto de las manipulaciones arbitrarias de una voluntad unilateral. Es una particularidad del funcionamiento psíquico que cuando las contra-reacciones del inconsciente son suprimidas, éste pierde su influencia reguladora. Entonces comienza a haber un efecto de aceleración e intensificación del proceso consciente. Es como si aunque la contra-reacción haya perdido su influencia reguladora y. por lo tanto, su energía, surge una situación en la que no sólo no hay contra-reacciones inhibitorias, sino en la cual esas energías parecen sumarse a las de la dirección consciente. Para empezar, esto facilita naturalmente la ejecución de las intenciones conscientes, pero debido a que ellas no son detectadas, pueden mantenerse fácilmente en perjuicio de la persona. Por ejemplo, cuando alguien hace una aseveración más bien disparatada y suprime la contra-reacción, esto es, una duda oportuna, insistirá en ella de todas maneras, para su propio detrimento. La facilidad con la que la contra-reacción puede ser eliminada es proporcional al grado de disociación de la psique y conduce a una pérdida del instinto. Esto es característico de - tanto como necesario para - el hombre civilizado, ya que los instintos en su potencia original pueden hacer la adaptación social casi imposible. No se trata de una atrofia real del instinto sino sólo, en la mayoría de los casos, un resultado relativamente estable producto de la educación, que nunca habría cortado sus profundas raíces si no sirviera a los intereses del individuo. Además de los casos registrados a diario en la práctica, un buen ejemplo de la supresión de la regulación del inconsciente puede ser encontrada en el Zarathustra de Nietzsche. El descubrimiento de un hombre “superior”, y también del hombre “más feo”, expresa la influencia reguladora, para el hombre “superior” que quiere derrumbar a Zarathustra a la esfera colectiva de la humanidad promedio como siempre ha sido, mientras que el hombre “más feo” es en realidad la personificación de la contra-reacción. Pero el león rugiente de la convicción moral de Zarathustra fuerza a todas estas influencias, sobre todo el sentimiento de lástima, otra vez dentro de la caverna del inconsciente. Así la influencia reguladora es suprimida, mas no la secreta contra reacción del inconsciente, la que desde ahora empieza a ser claramente observable en los escritos de Nietzsche. Primero él busca a su adversario en Wagner, de quien no puede perdonar su Parsifal, pero pronto todo su furor se vuelve contra la Cristiandad y en particular contra San Pablo, quien en cierto modo sufrió un destino similar al de Nietzsche. Como es bien sabido, la psicosis de Nietzsche produjo primero una identificación con el “Cristo Crucificado”, y luego con el Dionisio desmembrado. Con esta catástrofe la contra-reacción finalmente se abrió camino hasta la superficie. Continúa en La Función Trascendente (2) |
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