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La Naturaleza



Al dejarse penetrar por la dulzura del mensaje de la Naturaleza, se revela el secreto de las cosas. Pero, no solamente por su dulzura, sino que también por sus terribles aspectos cuando se desencadena sin piedad, irresistible, a través del monzón o en la rugiente tempestad de las altas montañas. En ambos casos, surge de pronto una calma impresionante bañando extrañamente las cosas y las almas, un mensaje de serenidad absoluta oculto detrás de las apariencias, que envuelve, acaricia y deposita el fatigado corazón en un lugar de silencio y de regeneración.

¿ Podría hablarse de muerte para las hojas de los árboles, ellas que aceptan con tanta paz el desaparecer ?

¿ No saben acaso, en su ser sin mente, que ellas contienen el manantial de todas las cosas y que como gérmenes restallantes de vida, de zumo y de miel, volverán la primavera próxima ofreciendo, aún antes de abrirse, una rica cosecha de dulzura a la abeja atraída por su renovado aroma ? ¿ Existe en el hombre terrestre algo que sea diferente a las hojas ? Su cuerpo se arrugará, se marchitará como ellas, y, como ellas, volverá a reunir los elementos que lo componen. En la «Gran Sabiduría Igualitaria» todo se reencuentra, todo se reconstruye, de acuerdo a las leyes armoniosas del Dharma. Ni una sombra podría perecer, sin que un día u otro se rehaga bajo el impulso de su propio flujo de vida.

Y en toda esta infinita riqueza de formas terminando en drama o en gozo, más allá de todo pensamiento, todo deseo o toda acción, el principio exteriorizador de la individualización, oculto en el corazón de las cosas, permanece por siempre fundido al principio del amor integrante. Unidos el uno al otro, sublime misterio de la vida en la manifestación de su riqueza y su evanescencia.





Serenidad. Los grillos se han callado, un petirrojo emite su canción nostálgica, los grandes castaños susurran dulcemente dejando caer las monedas de oro de su follaje. El Sabio sumerge profundamente su pensamiento en el corazón, depositándolos juntos a los pies del Sublime en un acto de amor silencioso.

Nelly Kauffmann


Este artículo fué publicado en el Nº 3 de la Revista ALCIONE