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La Mandorla![]() Perpetuo Socorro, Av. Blanco Encalada, Santiago, Chile. La mandorla es un antiguo símbolo de connotación fundamentalmente religiosa que ha visto revitalizada su vigencia y ampliada su significación a conceptos más amplios y de naturaleza diversa en la actualidad. La palabra, de origen italiano, significa “almendra”, y como símbolo se origina en la forma almendrada del espacio común producido por la superposición parcial de dos círculos. Casi siempre en su representación se omite a los círculos, permaneciendo sólo el área de conjunción, lo que subraya por sí mismo la importancia del tercer aspecto creado por la superposición por sobre las figuras originales que lo generan. ![]() La estilización y simplicidad del símbolo sugiere múltiples evocaciones y asociaciones. Aunque se ha encontrado la mandorla en diversas culturas de diferentes épocas, incluyendo la china y los jeroglíficos egipcios, su época de gloria, al menos en occidente, la alcanzó en el arte cristiano románico y bizantino, en el que a menudo presidía los altares o decoraba el tímpano incluyendo en su interior la figura de Cristo, de la Virgen, o incluso de algunos santos. Aquí fue considerada como la imagen de la reunión de dos mundos aparentemente muy distantes e incluso opuestos, los que por antonomasia eran el espíritu y la materia, o el cielo y la tierra. La alusión es evidente: cada círculo, o mandala, representando un mundo completo, alguna totalidad bien definida y delimitada por la circunferencia perimetral, interpenetrándose con un mundo diverso, acaso opuesto a él. El primer mensaje es que esto es posible. Así pues, se ha identificado también a la mandorla como el símbolo de interacción y/o reconciliación de los opuestos.
En este sentido, las figuras sagradas inscritas en el interior de la figura vienen a representar a seres vinculantes entre ambos mundos, el cielo y la tierra, o lo invisible y lo visible. En el cristianismo, las mayores figuras posibles con este significado son la Virgen, la madre de un Dios, y Cristo, un Dios hecho hombre. Son las figuras fundamentales que expresan que tal intersección es posible y que de ella surge un mundo nuevo: la materia espiritualizada y la deidad manifestada. Ágape y Eros, trascendencia e inmanencia. Muestra asimismo esta tradición, que tal intersección queda abierta para otros, que las figuras fundamentales señaladas abren así una puerta por la que acaso muchos otros pueden pasar, lo que se expresa en las palabras de Jesús “Nadie va al Padre si no es por Mí”.Hay una tradición muy anterior a la cristiana sin embargo, que concede gran importancia simbólica a la mandorla, sin nombrarla así, y de cuyo sentido probablemente el cristianismo la adoptó. Se trata de la vesica pisces o “vejiga de pez” pitagórica. Para Pitágoras, las proporciones del pez, establecidas numéricamente, también representaban la intersección del mundo divino y el mundo material, pero centrando su significación en el origen de la manifestación, como su principio generador. Pitágoras inscribía en la vesica pisces a varios otros poliedros, y como tal simbolizaba también en ella al vientre engendrador de toda la manifestación. ![]() Es de masivo conocimiento que el pez era el signo de reconocimiento entre los cristianos primitivos. No parece ser un caso de sincretismo, sin embargo, considerando la distancia entre Pitágoras y los primeros cristianos. Más bien sugiere que fue un símbolo adoptado con conocimiento de causa, de su significado original, adaptado a las nuevas circunstancias: la creación de un mundo nuevo. No de una nueva manifestación, sino de una nueva alianza entre lo divino y lo humano y, si especulamos un poco, como la señal de toda una nueva tarea a emprender por la humanidad. La contemplación del símbolo del pez puede evidenciar al símbolo del infinito incompleto… o por completar. Finalmente, el símbolo se habría simplificado a la mandorla difundida con posterioridad.
Curiosamente, el símbolo astrológico para Piscis viene a ser como una mandorla abierta, en la que los opuestos no se superponen, pero sí se ligan. Hay relación entre ambos, pero no hay conjunción. Están relacionados, pero no son uno. Puede uno suponer que a través de la vía abierta entre ambas esferas hay un canal de comunicación de imágenes, mensajes o intuiciones entre ambas esferas, acaso de interacción entre opuestos, mas no de reconciliación.Del sentido Pitagórico, más las asociaciones naturales morfológicas que distintos pueblos y culturas le han dado a la mandorla, deriva una asociación masivamente extendida como figura de género femenina. Por una parte, la almendra es la semilla que se desarrolla protegida al abrigo, calor, protección y oscuridad del hermético pericarpio, tal como una criatura en el vientre materno. Así también se ha representado numerosas veces a la figura de Jesús dentro de una mandorla en el vientre de María, extendiéndose el concepto a lo materno, a lo que engendra y acoge, a lo que protege y da nueva vida en su oquedad interior, siendo este contenido lo valioso del conjunto. Por otra parte, la semejanza de la figura con los genitales femeninos ha reforzado también el sentido femenino del símbolo hasta las más diversas asociaciones eróticas. Henry Miller, en Trópico de Capricornio, hace referencia a la “herida” que las mujeres tendrían entre las piernas, y al temor que ella provocaría, semejante al de estar frente a un abismo. Si se acepta que el área de superposición de dos mundos diversos es más que la sumatoria de ambos y menos que su síntesis, y que más bien alude a la creación de un nuevo mundo, de una nueva visión, podría resultar sugerente el que, para que pueda entrar una nueva visión a la consciencia, sea necesaria una herida, una escisión o vacío que la haga posible. Lo que está lleno de sí mismo no deja lugar a una nueva comprensión. Aunque no se puede desconocer la multiplicidad de significados de un símbolo, creemos que reducir la mandorla a lo femenino es una limitación, tanto del sentido pitagórico como del cristiano u oriental. También se podría hacer la asociación de la mandorla con la forma del ojo, el órgano que ve, lo que en un sentido profundo va más allá de la imagen que uno u otro ojo, o ambos, hagan de lo observado. La reunión de ambos mundos aquí es la comprensión de lo contemplado, la nueva visión que se obtenga de ello, lo que depende de una facultad más elevada que la mera visión orgánica, y que la trasciende. La visión interna puede hacer visible lo invisible. La zona de superposición que crea la mandorla asegura una transferencia, algún grado de coincidencia, de semejanza esencial de lo que en una primera mirada parece muy diverso o incluso opuesto. El área de conjunción revela que tanto en lo inmenso como en lo minúsculo hay un sustrato esencial semejante que puede ser experimentado o percibido. De aquí que se haya extendido el uso de la palabra en tiempos recientes a ámbitos más sociológicos, como por ejemplo la interacción entre el mundo desarrollado y el tercer mundo, entre las grandes potencias y los países en desarrollo, y también para referirse a otros intercambios entre sociedades o grupos culturales, religiosos o étnicos que antes pudieran haberse considerado en una situación de divergencia que hacían impensable un área de convergencia o participación. La mandorla sugiere, sin mostrar imágenes objetivas, la posibilidad de ir más allá de las aparentes oposiciones y antagonismos, y de ahí las cualidades sanadoras que se le adjudican como símbolo. En sus representaciones, normalmente se observa una luminosidad interior de la figura que es mayor que la de los sugeridos o mostrados círculos que la generan, por lo que, repetimos, su sentido alude a la posibilidad de una mayor comprensión, por sobre los aparentes opuestos, hasta la unidad esencial que origina a ambos y que evidencia la interacción e interdependencia de ambos en la manifestación. La mandorla no alude por tanto a una localización precisa, sino a un espacio de posibilidad, a un umbral de no polarización donde es posible que se reúna lo que permanecía separado. Coincidencia oppositorum. En un sentido más psicológico que religioso, pero siempre en el ámbito de la reunión, de la re-ligazón, la mandorla bien puede describir el área de reconciliación del ego y la sombra, la zona en la que es posible superar la fragmentación, la tensión entre opuestos. Es un punto de reunión, un recipiente en que una nueva forma puede empezar a tomar lugar y fructificar, contribuyendo a integrar una personalidad fragmentada en forma creciente, al hacerse evidente lo antes invisible. Potencialmente todos estamos capacitados para experimentar o crear una mandorla, un espacio de reunión, de trascendencia de la dualidad u oposición. Esto se puede verificar a través de actos tan simples como una palabra precisa en el momento adecuado a la persona justa. Ese acto también puede ser un silencio que interrumpa el discurso, o un gesto oportuno. Es frecuente encontrarnos en situaciones en las que una persona expresa en forma interminable y a veces repetitiva sus lamentos acerca de la vida, de la situación en la que se encuentra, o quejas acerca de terceras personas. En circunstancia semejante, a veces un simple gesto de cariño y comprensión, sin palabras, interrumpen la monótona letanía insertando un espacio que pueden hacer que la persona afectada deje simplemente atrás el problema, que pierde toda importancia, sin haber tenido que decir una sola palabra. Es mucho más efectivo que la oposición de razonamientos, y desde luego, que la crítica. Muchos ejemplos se podrían dar de pequeñas mandorlas posibles en la vida cotidiana, aunque de su enumeración no se produce el efecto, pues no se trata de un acto mecánico ni de una sumatoria; se trata de un incremento de consciencia, de una nueva comprensión, de la visión de aquello que un instante antes era invisible a los ojos. La comprensión podría representarse como una mandorla entre ambos hemisferios cerebrales, y con este propósito se han creado cuentos como los sufíes, poemas, parábolas y koans. También un encuentro amoroso podría crear una mandorla, un área de superposición entre dos mundos aparentemente opuestos, el hombre y la mujer; pero no necesariamente. Millones de encuentros se producen diariamente sin que algo nuevo surja de allí. No es el encuentro, o la palabra, o el gesto en sí, lo que hace que en aquello o de aquello surja una tercera cosa que antes no se percibía, una unidad esencial aunque sea por un instante, pero que permanece en la consciencia como una semilla a hacer crecer y germinar y que facilita la generación de futuras mandorlas, de próximos recipientes, como probetas para crear nueva vida. Creemos que cada mandorla sensibiliza la herida para futuras comprensiones, hasta la posibilidad incluso de una superposición total en la que sólo exista un círculo, el único círculo original. Vamos a hacer aquí una digresión asociativa, comparando la mandorla con el llamado Sello de Salomón o Estrella de David.
La figura se compone de dos triángulos equiláteros superpuestos en sentido inverso, uno con el vértice hacia arriba y el otro con el vértice hacia abajo. En su acepción más simple y sintética, el primero representa al espíritu y el segundo a la materia. Esto, si se los considera como triángulos independientes sobre proyectados. Una vez formada la figura, el triángulo invertido es el espíritu, la fuerza que desciende, y aquel cuyo vértice se dirige hacia arriba viene a ser la materia en su espera de la fecundación y ascenso. Cuando la superposición es total, simboliza la perfección, lo que evoca lo que decíamos más arriba acerca de la mandorla: la materia espiritualizada y el espíritu manifestado. Inmanencia y trascendencia. Cada triángulo individual posee asimismo sus propios atributos. El del vértice superior es el fuego creador, el espíritu, y por extensión, lo masculino. El de vértice inferior es el agua, la forma, y por extensión también, lo femenino. De la fecundación del espíritu sobre la materia, de lo masculino sobre lo femenino, del fuego sobre el agua, nacería toda vida. Se podría considerar un símbolo semánticamente similar al de la mandorla, pero con ciertos matices. En la estrella de David la figura es perfecta, completamente simétrica y en estado de total equilibrio, compenetrándose totalmente un triángulo sobre el otro, lo que sugiere la idea de un logro alcanzado, de una cristalización fruto de un esfuerzo, de una evolución gradual hasta llegar a su estado superior, acaso el más elevado. Cada triángulo tiene aquí igual valor, igual peso, igual medida. No sugiere el caótico comienzo de una manifestación, ni las penosas estaciones intermedias, sino su final, la perfección finalmente alcanzada. A diferencia de la mandorla, el área de superposición es aquí un hexágono regular, poliedro perfecto que también simboliza perfección. Cada uno de los vértices del hexágono es de 60º, tal como la celdilla de cera de la abeja en su colmena. El hexágono conformado por la superposición completa de los dos triángulos equiláteros invertidos es la figura que puede recibir, conservar y concentrar la luz de forma óptima para transmitirla y reflejarla verticalmente – hacia arriba o abajo - sin producir sombras. Se evidencia aquí por tanto el logro, más que la aspiración. Algo semejante podría decirse del círculo, pero es el círculo una figura mucho más indiferenciada y difusa, tal como podría serlo su tratamiento de la luz recibida o reflejada. El círculo habla de una totalidad en la que cada uno puede proyectar atributos cualesquiera, pues al representar totalidades, éstas pueden ser de cualquier tipo, incluso de la más informe o primitiva materia o un mundo del más bajo escalafón evolutivo. No se describe la totalidad que representa, sólo su unidad en sí misma. Así pues, y por el contrario, la estrella de David viene a ser la meta, el fin del camino, más que el camino mismo. El andrógino perfecto, la realización perfecta, “esto es eso”, o “yo soy Él”. No se busca aquí unir lo separado ni reconciliar los opuestos, el trabajo ya ha concluido. Considerado en este sentido, la mandorla como símbolo nos resulta mucho más cercana, mucho más humana. Más posible, a todos los buscadores que somos. Nos dice que, aún cuando no hayamos logrado ninguna perfección, siempre es factible algún grado de intersección con el mundo celeste, aunque sea en algún momento de nuestras vidas. Que aunque sabemos en teoría que el espíritu es todo lo que es, aún en nuestra limitada forma actual perecible, y aunque cotidianamente no lo percibamos, existe la posibilidad, existe la puerta para experimentarlo, en cualquier etapa o nivel de nuestra evolución como seres humanos. La mandorla simboliza el punto donde puede confluir lo racional y lo transracional, la vida y la muerte, el vacío y la forma, hasta su sustrato común. Nos muestra la interacción de dos mundos diversos, uno inferior que aspira a ascender y uno superior que busca manifestarse. Y de esta forma aparece como una puerta abierta a esa participación, aunque sea en algún instante de su vida, para cualquiera. Es la posibilidad permanente para el encuentro, para el hallazgo, para el despertar, de cualquier buscador, caminante o aspirante. Más que superposición o conjunción, la mandorla muestra un posible espacio de comunión íntima con la otra esfera, en cualquier nivel en el que una persona se encuentre o por muy lejana que esté de la perfección. Y en este sentido, y sólo en éste es que coincidimos en que se trata de un símbolo femenino, por su regazo abierto a esa posibilidad. ![]() Isabel De Veer Este artículo no ha sido publicado en la Revista ALCIONE |
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