Revista Alcione
Libreria Alcione
Grupo Alcione
Buscar
Mapa del Sitio
Home > Revista Alcione > budismo > Una experiencia Zen y el Vacío

Una experiencia Zen y el Vacío


Me pregunto a menudo si nos llega, en un momento dado de la vida, el estar forzados a enfrentar la alternativa de la aceptación del dolor, o de su rechazo. Me pregunto también si esta alternativa representa la oposición de cualidades occidentales y orientales, en la medida en que los unos, contrariamente a los otros, parecen estar menos dispuestos a desapegarse del ego y del dolor, siguiendo un movimiento centrífugo sin renunciar, como en el zen, a todas las imágenes que se desarrollan siempre alrededor de un eje, que es el “YO”.

Una vez en mi vida, me encontré ante tal alternativa en un momento decisivo y en un estado absolutamente bloqueado.

Sí, yo me entrampé a mi mismo una noche de primavera hace siete años, en un gran monasterio zen de Kioto. Sentía que esta persecución del yo que me había impuesto con la ayuda del zen, estaba muy lejos de lograr su objetivo. Pues, si se continúa descendiendo sin fin, por medio de este ascetismo contemplativo en el lúgubre bosque interior de las imágenes del yo inconsciente, ¿no sería de pronto arrastrado a lanzarme en un espacio totalmente vacío, semejante a una claridad, en donde toda sombra estaría excluida? Los grandes maestros del zen llaman con razón a este último estado “penetrar en la naturaleza propia” o “vaciar el fondo”. Pero ¡ Cuánto más fácil es alimentarse de estos sueños que liberarse ! Con la frente sudorosa, mientras más me esforzaba en desprenderme del torbellino de pensamientos embrionarios e informes: deseos, sueños, ambiciones, recuerdos que me roían como un cáncer a lo largo de mi meditación, más me sentía engullido y prisionero. Era un poco menos de las 23 horas. En algunos minutos más el vigilante nos gritaría “Kaijó” (terminen), y yo debía constatar, con amarga desolación, que los tres primeros días se habían escurrido sin que hubiese podido obtener ninguna luz reveladora. La varilla de incienso, colocada al medio del salón de meditación para medir el tiempo, se consumía como si mi propia vida se fuera a extinguir antes que pudiera entrever el menor atisbo de la realidad. El vigilante iba a golpear las dos planchetas de madera, cuando de pronto sentí subir en mí una voz. “ Y si lo que hasta aquí he creído “yo”, no es más que un montón de ilusiones, ¿Qué será entonces este otro yo que me ha enviado de Tokio a Kioto a practicar el zen, obligándome a estar sentado tan tarde en la noche, en una sala embalsamada de incienso, rodeado de gente desconocida?. De este otro yo- continuó la voz- ¿Como podría negar su existencia, ya que él me ha enviado aquí del mismo modo que un arquero lanza su flecha?”

Entonces, como para responder a esta pregunta, recordé la imagen de una flecha volante - la imagen que antaño me obsesionaba - cuando enfermo y desgraciado, sufría las peores condiciones de mi vida cotidiana. Cada noche, cuando la tremenda irritación contra el mundo exterior y contra mí mismo, me impedían dormir, entonces una flecha se me aparecía, volando sin fin, más alto, siempre más alto en el azul. Signo de la voluntad me preguntaba yo, sin comprender aún que esta flecha era una imagen nacida de mi propio sufrimiento. Una noche, un sueño me dictó unos versos en los que expresaba mi anhelo ardiente y secreto de liberarme de tal miseria. Al día siguiente en la mañana, había terminado un largo poema en el cual cantaba a la flecha con toda naturalidad, liberándome así por primera vez del yugo de esta obsesión. Pues, desde entonces, esta flecha que me había obsesionado durante más de un año, no volvió nunca más a reaparecer.

Si el arte tiene la virtud de ayudar a cumplirse el destino y de hacer nacer del dolor un llamado sagrado, ¿para que recurrir además a un método místico? Si yo había dispuesto, aunque inconscientemente, de un medio – tal como la poesía - para liberarme yo mismo, ¿Cómo entender que hubiese querido recurrir a este acto “bruto” que es el zen? Tal era el problema que me turbaba esa noche, después de haber evocado la visión de la flecha en el curso de mi contemplación en el templo, mientras me estiraba sobre la cama al lado de otros “buscadores del Camino” escuchando el sonido sordo de la campana desgarrando la noche; noche que sentía infinitamente larga en tanto esperaba con impaciencia la llegada del alba con el fin de presentar a un maestro mi experiencia, que me parecía demasiado confusa para ser una iluminación.

El maestro que ví al día siguiente en la mañana no era el que nos dirigía en el templo. Era un pintor, un monje secularizado, casado, que habiendo dejado su propio templo, habitaba una hermosa casa cuyo jardín se extendía sobre el flanco de una montaña, y pasaba el tiempo sin hacer otra cosa que pintar bambúes y lotos. Los habitantes de Kioto lo contaban entre “los tres locos de la villa”. Para ver a mi maestro habitual debía esperar un día aún, lo que no habría podido soportar; estaba tan extasiado por lo que creía un descubrimiento e impaciente por verificar la verdad. Ví, pues, al “Loco” y le conté lo que me había sucedido la víspera.

“Se cree - me respondió él – que el satori no viene más que después de la acumulación de esfuerzos durante años y años, y del estudio de cientos de Koans. Pero, con frecuencia se termina ¡ ay ! por volverse un simple enfermo del zen”. En el verdadero espíritu del zen, por el contrario, se habla de “una noche del zen”. Esto quiere decir que si no se obtiene el satori en una sola noche, se es idiota. Algunas leyendas relatan que un viajero, buscando la verdad llega una tarde por casualidad a un monasterio budista, donde en vigilia, durante una noche, sentado delante de un jardín, traspasado por la claridad de la luna, él se deja “ vaciar” tan fluidamente que se encuentra de pronto iluminado a la vista del simple aspecto de las rosas de china. Pero para llegar a ese punto culminante, es necesario haber experimentado muchos sufrimientos de la vida y que ellos se nos hayan impuesto como un Koan. En fin, “Una noche de zen” es una paradoja.”

Y, esbozando una sonrisa muy inocente, privilegio de los monjes que conocen ya el vacío absoluto, agregó: “Lo que tú has logrado percibir es, por lo menos, algo. Mientras tanto, vamos a beber un poco de saké.”

Lo que me fue revelado a lo largo de esa noche inolvidable en el templo, estaba lejos aún de ser una iluminación, sino más bien algo que deberíamos ubicar en las antípodas. En el zen, el satori consiste en suprimir toda imagen y toda palabra. Lo que me había sucedido tenía más que ver con el arte como medio de vencer por el poder de la imagen todos los condicionamientos de la naturaleza humana. El fin es tal vez el mismo: la liberación del espíritu. Pero, en el ascetismo y el misticismo orientales (a los que nuestra sensibilidad está ligada) este objetivo es logrado por un esfuerzo inmediato y a veces casi brutal, lo que produce en su estado último nuestra comunión total con el universo. Comunión llamada “Nada” o “Nirvana” y obtenida solamente por la vivencia del vacío. Por el contrario, en el arte, particularmente en el arte occidental, se trata menos de una tal comunión que de una armonía primordial reconquistada después de una necesaria ruptura - ¡ al precio de qué desgarramientos ! - entre el hombre y su universo. De allí resulta el famoso sentimiento de lo sagrado al que los europeos de hoy dan aún tanta importancia en el dominio artístico. Si nuestros sufrimientos (de los cuales el más grande es la muerte) no encuentran a su Redentor, ellos pueden hallar en su poder de expresión la entrega irreducible del hombre, irradiante, como el radium en las tinieblas. Tal sentimiento es, ciertamente, muy fuerte en una raza que desde hace dos mil años venera a un ajusticiado. Un asiático, un japonés como yo, por muy decisiva que sea para él la influencia europea, no podría llegar a admirar, sin sentirse choqueado, tantas obras maestras de arte religioso donde el objeto supremo del amor es tan a menudo sangrante y nimbado, en cierto modo, de sensualidad.

Sin embargo una fuerza secreta separada de la profunda fuente espiritual de Europa, y saliendo únicamente de la cristalización social de la realidad occidental, no ha cesado de actuar desde hace cien años sobre la raza asiática con un efecto irrevocable. Por no citar más que un hecho crucial la construcción necesaria en un país como Japón de muchas nuevas ciudades modernas. Ello transforma no solamente su modo de vida, sino también – de una manera más sutil y profunda - su concepción del espacio psico-metafísico. Hasta ayer, el espacio arquitectónico que había permitido al japonés “vivir” en el sentido más profundo del término, ha sido menos un espacio estático y lleno que un espacio dinámico e imaginario. La escenografía del teatro Noh constituida por cuatro pilares que no soportan ningún techo, sirven para crear otra dimensión. O el recinto de templos shintoistas cuyo carácter divino era decidido nada más por la existencia de pórticos que servían de acceso al universo de los dioses. En fin, era el vacío el que reinaba, sacralizado por el símbolo, beneficiado por una aceptación popular tácita, y que daba el mayor curso posible a la imaginación. Hoy, tal espacio existe apenas, mañana tal vez menos aún. Y será lo mismo en cierta medida para el famoso “espacio blanco” en la pintura y en la caligrafía tradicional de los orientales. El blanco, único color del vacío, había sido desde tiempo inmemorial el lugar absoluto donde la naturaleza había podido disgregar, sin reducirlos a nada, todos los sufrimientos humanos; donde los hombres habían podido asegurarse la serenidad, cualidad suprema del Asia, nacida del sentimiento de que lo efímero puede vivir acorde con lo eterno.

Tadeo Takemoto