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Una experiencia desnudaAsí como pequeñas burbujas de espuma salada, que flotan en un inmenso océano de ondulantes oleadas de cristal, erramos a la deriva necesitando un anclaje sólido que nos dé seguridad. Estamos inmersos en un infinito de posibilidades, de apariencias, de estructuras, de cambios, de información; los punteros del reloj juegan a perseguirse cada vez más rápido, el humo turbio abraza al aire, las cadenas nos tiran y la velocidad nos arrastra. Así, como siempre, los parámetros de normalidad se van modificando, hoy la histeria individual extrapolada al colectivo, cada vez se hace más común y tranquilizadora. El que es calmado será comido, aplastado, y en algunos casos admirado, pero siempre será visto como un insecto dentro de una amarga fruta. Y así, violentados por el empuje de cada vuelta que da el mundo artificial, parece que empezamos a confundir nuestra naturaleza. Pareciera ser que la aspiración a un punto de anclaje sólido, que alguna vez se materializó en un “otro”, en un objeto, en un domicilio, etcétera, hoy intenta plasmarse en una sólida o consistente creencia que nos identifique, nos unifique y nos avale. La palabra “creer” pareciera remontarnos a un pasado muy lejano, considerablemente anterior al advenimiento de la ciencia y del escepticismo. Hoy este término se escapa de la experiencia religiosa tradicional, y el hombre moderno se convierte en la figura tipo del creyente. Este potencial histérico necesita creer para ahuyentar las dudas que lo carcomen en el núcleo de su mismo pensamiento, aquellas que nacen de las exigencias y vicisitudes del mundo moderno. ¿Opté por la profesión correcta?, ¿por el compañero correcto?, ¿Estaré haciendo bien las cosas?, ¿Me alimento saludablemente?, ¿Hago bien el amor?, ¿Estaré proyectando la imagen que quiero? Y así las respuestas y su garantía de exactitud son buscadas en múltiples creencias, sin importar su color, su origen o su historia. Pero, ¿Cómo liberamos nuestra mente de pensamientos peregrinos?, ¿Cómo nos escapamos de nuestro afán consumista?, ¿Cómo nos libramos de angustias, preocupaciones y afanes frustrantes?, ¿Dónde encontramos una justificación para estar quietos “sin hacer nada”? Parece ser increíble esta velocidad violenta que empuja al mundo. Cómo miles de seres humanos ensimismados por su cultura capitalista, no pueden más sino comprar. El tiempo avanza a pasos agigantados, todo implica correr; si alguien se detiene, lo más posible es que salga herido o que pierda, en el sentido más estricto de la palabra. De esta forma, el estrés, el trabajo, el consumismo, la competencia y otras condiciones que oprimen, asfixian, aplastan, someten y limitan al ser humano moderno, lo han impulsado a querer actuar para revertir aquella situación que lentamente lo ha hecho alejarse de sí mismo, de los otros y de la naturaleza. Por esta razón, un gran grupo de personas se encuentra motivado y ávido de nuevos conocimientos, de sabiduría y de prácticas espirituales, que le permitan retomar ese contacto ancestral que se ha disuelto en el tiempo. Sumado a esto, la abundancia de información y la apertura económica, política y cultural de este mundo “globalizado”, han permitido a Chile abrir sus ventanas a una gran oleada de diversas corrientes y prácticas espirituales. Conceptos como budismo, tai chi, terapia floral, reiki, feng shui o aromaterapia empiezan a entremezclarse en el vocabulario de algunos chilenos, que ya manejan ciertas nociones del contenido de varias de estas “disciplinas”. Un considerable grupo de personas tiene acceso o participa en alguna de ellas. La globalización y la masificación de los medios de comunicación e informática, han desarrollado una serie de vías para acceder al potencial cultivo y trabajo de una vida más “espiritual”, para todo tipo de intereses, gustos y habilidades. Sin embargo, a pesar de la existencia de esta gran cantidad de ofertas que impulsan y afirman el retorno a esa consciencia perdida, éste se ve restringido por la vivencia en este mundo occidental que establece múltiples condiciones limitantes para el desarrollo de esta tarea. De esta forma, las disciplinas espirituales, las terapias alternativas o complementarias, deben ceñirse al formato impuesto por la modernidad, manipulado por la tecnología y encerrado en la ciudad. Alguien puede ir a una clase de tai chi, pero ¿podrá desligarse de las llamadas al celular?, por ejemplo. Por otra parte, al salir de esas horas de “encuentro”, se cae en la dura realidad de una ciudad contaminada como Santiago, y apenas se entra en ella, se debe pedalear tan rápido como sea posible para poder llegar al próximo destino, no necesariamente por estar atrasados, sino porque somos parte de una máquina que lleva un pulso con una aceleración distinta a la que podríamos experimentar en esos lugares. Así, la sociedad hambrienta de espiritualidad, congelada por el frío de la aguda velocidad, vive entrelazada entre dos mundos aparentes, porque en realidad no son más que el mismo. El primero les exige, los apura, los somete y los explota. El segundo les da un espacio de tranquilidad, los obliga a escuchar, al menos por una hora, la música de la naturaleza; acto que justifica y calma consciencias. En este sentido, el segundo mundo es sólo aparente, ya que ese espacio y tiempo de conciliación y encuentro no son más que un producto que juega a ser vendido y a ser comprado. Así, inmersos en la danza occidental, enraizados en la separación misma, somos potenciales consumidores de un enorme abanico de posibilidades “espirituales”. La religión es a la carta, podemos ser “católicos a nuestra manera”, ir a misa cuando no haya más que hacer, hacer yoga sin saber bien qué es lo que significa, adquirir creencias de múltiples doctrinas, transformándonos en sincretistas por excelencia. Es así como hoy podemos encontrar más de 300 tipos de meditación, por ejemplo, mezclas de mezclas, algunas que vienen de oriente, otras que nacen en medio de mentes engorrosas, que a toda costa quieren vender el equilibrio por teléfono. De esta manera es como se despierta la curiosa intención por intentar definir o tal vez sólo acercarse, a lo que es la meditación. Consciente de lo que esto significa, parece ser que este intento nos lleva a limpiar polvos antiguos, a despejar la basura que nos perturba con sus malos olores y a ignorar a infames mentirosos y chabacanos embusteros. Bajo el árbol Boddhi La meditación… ¿Para qué sirve?, se preguntan algunos que quieren “comprar”. ¿Por qué meditar?, se preguntan otros que quieren investigar. Así, esta difícil tarea de definir o tal vez sólo acercarse a lo que es la meditación, se remonta a 3000 años atrás, con las prácticas de los primeros yoghis. En esta ocasión será traída desde el hito que sería generador de linajes, de dogmas, de religiones y sectas, uno de los hechos más originarios de la cosmogonía de la fe oriental: la iluminación de Siddharta Gautama. Pero ¿Quién fue Siddharta Gautama? Siddharta, cuyo nombre significa “aquel que alcanza su objetivo”, nació en una familia noble, alrededor del año 560 a.C. (563) en la ciudad de Kapilavastu, en un pequeño reino próximo al Himalaya, en la actual frontera de Nepal. La historia de su vida está empapada de místicos relatos y dulces creencias. Cuentan los ancianos, que hace algún tiempo atrás, dos integrantes de la tribu Shakya se encontraban haciendo el amor, cuando de repente la mujer tuvo una visión: seis elefantes, cada uno con una flor del loto en el lomo, caminaban hacia ella. Fue así como, entre regalos de luz, fue concebido Siddharta Gautama. Durante el embarazo, la reina Maya, su madre, convocó a los sabios de su reino para que interpretaran la visión que había tenido; cuando se reunieron todos estuvieron de acuerdo en que aquel niño que estaba por nacer sería un gran rey y un gran “sacerdote”. Así, antes que naciera, ya se había profetizado su crucial destino. Siddharta vivió su infancia y adolescencia rodeado del acaudalado lujo de la corte. Su padre, el rey Shuddodana, quien siempre intentó protegerlo para que no conociera la miseria del mundo y apartarlo de la vida religiosa, lo casó, siendo Siddharta todavía muy joven, con su prima Yassodhara; con quien tuvo un hijo al que llamaron Rahula. La familia vivió en paz y llena de placeres, pero en un estado de feliz ignorancia acerca del resto del mundo. Sin embargo, con el tiempo, el príncipe vislumbró el sufrimiento y la muerte de los seres humanos que vivían fuera de las paredes del palacio. Esto le produjo un despertar hacia la compasión por sus semejantes. Así fue que un día, desagradado por los privilegios que tenía, el vacío y la empatía lo llevaron a abandonar su casa y su familia para ir en búsqueda de la Verdad. Impulsado por el ascetismo al cual se unió al salir de su hogar, se retiró a la selva para meditar dirigido por unos brahmanes. Durante algunos años soportó duras pruebas, que al final terminaron por llevarlo a un debilitamiento revelador. Siddharta decide renunciar al ascetismo. Después de tomar un baño en el río y aceptar alimentos ofrecidos por una joven, reconoce que no era la mortificación personal ni la auto-negación lo que lo conduciría por el verdadero camino; la vida de ascetismo era tan extrema y distractiva como su vida previa de lujos incesantes. Finalmente, Siddharta llegó hasta un árbol Boddhi, se sentó bajo él, y tomando posición de loto, se puso a meditar. Usando una intensa concentración yóguica que había adquirido en su anterior fase ascética y de sus primeros gurús, Siddharta entró en un estado profundo. Después de muchas horas pudo abandonar sus sentidos, sus emociones y sus deseos; para luego entrar en un estado de pura consciencia y de darse cuenta interiormente; abandonando así, hasta los velos más sutiles de la ignorancia. Finalmente entró en un estado de éxtasis no-consciente, en el cual aprehendió la causa del sufrimiento, el sendero que rodea al sufrimiento, y la naturaleza de la paz suprema (nirvana). Ese día Siddharta se convirtió en Buda (el iluminado). Tras haberse iluminado, decidió comunicar su experiencia a todos los seres. Es posible anular las nuevas encarnaciones - el samsara - y escapar a los sufrimientos del mundo. Enseñó el Dharma durante 45 años, estableciéndolo en la parte central de India, hasta que muere en Kusinara en el año 483 a. C. Esta historia que parece ser tan fantástica y legendaria, es todavía un símbolo importantísimo para millones de personas en el mundo. Seguramente muchas de las verdades que experimentó Buda han sido modificadas en el desarrollo de las cientos de religiones que se desprenden de sus enseñanzas, pero hay algo fundamental que da cuenta de una raíz milenaria, y esa es la práctica de la meditación. ¿Dónde guarda su sustancia la simpleza? Tal vez antes de preguntarnos para qué sirve o por qué meditar, la reflexión debería empezar por encausarse hacia algo más ontológico como, qué es realmente meditar. Si existen cientos de religiones y no-religiones que practican meditación, con múltiples posturas distintas, con focos de atención en los más diversos objetos, melodías, colores, centros externos, internos, corporales o mentales; podríamos preguntarnos: ¿Qué se esconde detrás de esas distintas posturas, de esos distintos focos?, ¿Tienen realmente una base común?, ¿Cuál será la diferencia sustancial entre querer ensimismarse y querer conectarse lo más posible con el interior?, ¿El grado de atención y de consciencia será el mismo para ambos casos?, ¿Qué pasará en el cerebro de un yogui que está lo más compenetrado con cada una de sus células?, ¿Qué pasará en el cerebro de un budista Zen que simplemente está ahí, alerta a lo que se está dando?, ¿Están ambos fuera del tiempo, en un presente infinito o da lo mismo la temporalidad y tan sólo están? Chögyam Trungpa entendía la meditación como algo muy básico y simple, que no está ligado a ninguna cultura; “Estamos hablando de un acto muy fundamental: de sentarse en el suelo, tomar una buena postura y llegar a tener la sensación de su propio lugar, de su propio sitio en esta tierra. Es el medio de redescubrirnos a nosotros mismos y de redescubrir nuestra bondad fundamental, el medio de armonizar con la realidad auténtica, sin expectativa ni idea preconcebida alguna” Por otra parte, no muy lejana, Sákyong Mípham Rímpoche escribió: “La práctica de la atención es simple y totalmente asequible. Simplemente sentándonos sin hacer nada, estamos haciendo mucho” Tal vez el hecho de que la meditación sea algo tan natural, es la razón por la que tenga una raíz sorprendentemente milenaria. En este sentido, las palabras vertidas por Francisco Varela en una entrevista que le hicieron para la revista Uno Mismo, publicada en 1992, dan cuenta de estas ideas fundamentales o básicas que subyacen a la práctica misma de la meditación: “Lo esencial es la práctica de meditación sentado. Cada grupo puede ser una puerta abierta a algo realmente útil para el crecimiento de la gente, o puede generar más confusión. No hay garantías, y ciertamente la mera etiqueta de “budista” no quiere decir gran cosa. Lo único es que permita a cada uno de nosotros ir en la dirección de la sanidad” Estas palabras, que no hablan de teoría, ni de conceptos complejos, parecen ser muy reveladoras. Tal vez, porque desde lo más simple Varela rescata algo que parece esencial, y es que tanto el hablar de “budista” como el hablar de “meditación”, no albergan una verdad absoluta, total en sí mismas; “Es como el fundamento, las paredes de la casa” dijo Varela en la misma entrevista. Cada matiz dentro de la diversidad, puede transformarse en una instancia de desarrollo y crecimiento, como también de desorientación y confusión; cada uno puede convertirse en un laberinto que implique un trabajo constante y perseverante, o en una trampa sin salida. Lo importante está en que esa opción, que podría ser Zen o Shambhala, por ejemplo, sea un camino hacia la sanidad, como lo planteaba él, hacia la limpieza, la fortaleza, la salud, el cuidado, hacia algo esencialmente bueno. Debe ser un método que cultive las cualidades mentales y las equilibre. Debe ser una vía que conduzca hacia un lugar de quietud, claridad y apertura; un lugar que nos empape de comprensión. Jack Kornfield escribió: “La verdadera naturaleza de nuestro ser siempre es accesible a la vista, si cultivamos nuestra capacidad de ver... Cada técnica altera la forma en que nos relacionamos con nuestras experiencias o vivencias, y, si nos fijamos, veremos que es frecuente que prácticas y tradiciones muy diferentes se orienten al cultivo interior de las mismas cualidades, como la concentración, la tranquilidad o una percepción y un equilibrio intensificados. Así pues, concretamente los siete factores de la iluminación pueden ser considerados simplemente como otro modelo o descripción de cómo la mente llega a equilibrarse para poder ver con mayor claridad la naturaleza de nuestra experiencia.” En relación a esto, se podría decir que lo importante es que sea algo construido desde su fundamento, no desde las cáscaras y formas sin sustancia. Muchas veces se aprenden posturas, mantras, prácticas de visualización sin asentarse sobre la base de un cimiento sólido que lo sostenga. De acuerdo a lo anterior, es importante destacar que el tema está abocado a la realidad de la meditación en este lado del mundo, particularmente en Chile, porque ¿será lo mismo la meditación para un vietnamita que para un chileno?, está claro que no. Los orientales nacen meditando, y su religiosidad no está separada del resto de las dimensiones de la vida, como en nuestro mundo occidental. Pero lo interesante sería describir algo que fluya por debajo de estas dos realidades, algo común, algo que fuera inherente a la práctica misma, algo que proviniendo de oriente sobreviva a las masacres consumistas de occidente. ¿Está el círculo antes de la unión? Por otra parte, siguiendo con las palabras de Varela, está en ellas la idea de una interrelación entre pensamiento y acción, suponiendo en ésta una postura corpórea sustancial. Meditar no es llegar a un estado mental o a un estado “alterado” de consciencia, simplemente. La meditación se presenta como “el camino real hacia la unión”, en el sentido más fino y puro. Algo que nos conduce, al conocido y ajado problema de la dualidad mente-cuerpo. Sákyong Mípham Rímpoche escribió:“El punto de vista budista es que la mente y el cuerpo están conectados. La energía fluye mejor cuando el cuerpo está erguido, y cuando está doblado el flujo cambia y eso afecta directamente tu proceso de pensar. Por eso hay un yoga de cómo trabajar con esto. No nos sentamos derechos porque estamos tratando de ser buenos alumnos; nuestra postura realmente afecta a nuestra mente”. De más está hablar del error de Descartes, lo que interesa aquí es la importancia de adquirir una buena postura a la hora de meditar, principalmente porque la meditación se comprende como una instancia de coordinación, sincronía y unidad. Chögyam Trungpa escribió en uno de sus libros: “No tener dudas no tiene nada que ver con aceptar la validez de una filosofía o un concepto. No se trata pues de convertirse, ni de abanderizarse con alguna cruzada hasta que no le quepa a uno duda alguna sobre sus creencias. No estamos hablando de ser personas que jamás dudan y se convierten en proselitistas en busca de conversos, dispuestos a sacrificarse por sus creencias. No tener dudas es confiar en el corazón, confiar en sí mismo. No tener dudas significa que uno se ha relacionado consigo mismo, que ha vivenciado la sincronización de mente y cuerpo. Cuando la mente y el cuerpo están sincronizados, a uno ya no le quedan dudas. La sincronización de mente y cuerpo no es un concepto ni una técnica aleatoria de autosuperación inventada por alguien. Es más bien un principio básico de cómo ser un ser humano, y cómo usar al unísono nuestras percepciones sensoriales, nuestra mente y nuestro cuerpo… Cuando hay una adecuada sincronización de mente y cuerpo, nuestras percepciones son claras y nuestro sentimiento de ser no admite dudas ni tampoco los temblores, los estremecimientos y la miopía de la angustia, que restan toda precisión a nuestro comportamiento. Cuando la mente y el cuerpo no están sincronizados, hay ocasiones en que la mente es corta y el cuerpo es largo, así como en otras, la mente es larga y el cuerpo es corto.” De acuerdo a lo anterior, se desprende de las palabras de Chögyam Trungpa, la importancia de considerar la postura erguida como algo fundamental en la práctica de la meditación. Esta postura no se concibe como algo artificial, sino como “lo natural en el cuerpo humano”. Entonces, se puede decir que lo no habitual es encorvarse y desplomarse. Cuando uno se encorva y adquiere una postura desgarbada, no se respira bien, y la actitud en nuestro actuar es distinta a sentirse un guerrero; un ser íntegramente humano. En este sentido, hasta la mirada es algo muy importante, porque está compenetrada con la sensación de estar adecuadamente ahí; los ojos están abiertos, con la vista dirigida ligeramente hacia abajo; la mirada no es aquella azarosa vagabunda que pasea sin cesar, sino una asentada y suave compañera del estar impregnado de algo deliberado y definido. Y en esa naturalidad y simpleza que envuelve a esta postura, descansa su estrecha relación con el diario vivir. Aun cuando no se esté meditando, debe tener uno consciencia de sus hombros, caderas, rodillas y pies; del modo en que se camina y mira a los otros; de cómo es su postura y del cómo se mueve. En el día a día se puede mantener un estado existencial honesto; trascender la cobardía, el retraimiento, y enorgullecerse de ser un ser humano. Cuando nos familiarizamos más con nuestra mente y aprendemos a reconocer su movimiento, lo que experimentamos como pensamientos, lo hacemos entrelazados en la danza de la respiración. De manera tranquila y natural se exhala, se disuelve y naturalmente se produce inhalación, y ya se está listo para otra exhalación. “Cuando uno respira está totalmente ahí, verdaderamente ahí”. “Al estar simplemente en el instante presente, nuestra vida se vuelve maleable y puede incluso llegar a ser algo maravilloso. Descubrimos que podemos meditar como un rey o una reina sentados en un trono. La majestad de esta situación nos revela la dignidad que se da cuando permanecemos tranquilos en un estado de simplicidad.”. decía Chögyam Trungpa. Esta postura universal, que no pertenece a una cultura ni a un solo lugar, se puede apreciar en algunas esculturas egipcias, sudamericanas y orientales. En relación a esto, Chögyam Trungpa planteaba, desde su visión Shambhala: “Este método de sincronización de mente y cuerpo nos enseña a ser muy simples y a sentir que no somos nada especial, sino seres comunes y corrientes, extremadamente comunes y corrientes. Uno se sienta simplemente, como un guerrero, y de eso dimana una sensación de dignidad individual. Uno está sentado sobre la tierra y se da cuenta de que esta tierra lo merece a uno y de que uno la merece. Uno está ahí… plenamente, en forma personal y auténtica. Es decir que el propósito de la práctica de la meditación, en la tradición shambhaliana, es de educar a la gente para que sea sincera y autentica, fiel a sí misma”. Así, esta actitud y postura corporal da cuenta de la unión que se mencionó antes, una unión que es tan esencialmente básica, que aunque no estemos conscientes de ella, está ahí siempre, porque es inherente a la condición humana. En este sentido, lo que plantea la meditación, en cuanto a acción, es algo que se desprende de ella misma y se extrapola, se evidencia y se experimenta en la vida cotidiana. En una entrevista a Sensei Gudo Nishijima, éste respondió a la pregunta de cuáles son las principales características del budismo Zen, diciendo: “Al practicar zazen, nos sentamos manteniendo la espina dorsal recta, vertical, y en esta posición nuestro sistema nervioso central se equilibra. Esto significa una condición idéntica en el sistema nervioso simpático y el sistema nervioso parasimpático. Al sentarnos de esta manera, podemos entrar en nuestro estado original de cuerpo y mente, esto es el estado humano. Zazen es la recuperación de esta condición humana, y en base a esto Buda Gautama nos enseñó la Verdad Última en la Tierra y el universo. Este es el significado del budismo.” Por otra parte, a la pregunta de cómo es esta práctica de meditación sugerida por el Zen, Sensei Gudo Nishijima contestó: “Zazen implica cruzar las piernas, mantener la espina dorsal derecha; eso es lo principal. La filosofía budista se basa en la acción, y la acción es la unidad entre objetivo y método, por ende, la acción no se decide. Esta unión es el mero acto en sí.” ¿Y quién llamó a la ciencia? De esta forma, se empieza a entretejer la idea de que la meditación no es en sí misma un estado místico o religioso, es lo más sencillo y natural, es simplemente estar ahí; es “experienciar”. En este sentido, desde la sencillez del estar vivo, se producen cambios en todas las dimensiones del ser humano, como en cualquier otra actividad que implique la vida. Pero de igual manera, parece ser que esta experiencia despierta la mente de varios curiosos, y es porque los cambios que ocurren son ajenos a nuestra comprensión diaria o a nuestro mundo occidental; y son más intrigantes, de lo que a simple vista parecen. Tal vez, los primeros empezaron a investigar lo que ocurría por un interés meramente científico, pero al final nada es conocer por conocer. Hoy se está pensando en la utilidad terapéutica que pueda tener, ¿qué se ganará y se perderá con esto?, seguramente varias cosas. Lo interesante es el despertar que provoca la meditación, en todo sentido. Esta experiencia ha suscitado varias investigaciones a nivel de flujos sanguíneos, ondas cerebrales, resistencia eléctrica de la piel, etcétera. Pero así como en las palabras de estos sabios meditantes se manifiesta la esencia de estos cambios fisiológicos, las investigaciones dan cuenta de una baja en el metabolismo, en el consumo de oxígeno y eliminación de dióxido de carbono, en la frecuencia cardiaca y respiratoria, en la presión arterial, en los niveles de lactato en la sangre, y con esto también un descenso de los niveles de ansiedad. Por otra parte, se ha registrado una alta amplitud de las ondas cerebrales alfa, y un sorprendente aumento de la resistencia de la piel. Estos estudios, que cada vez son más complejos, demuestran que la meditación es una experiencia natural, porque involucra cada una de las dimensiones de nuestra constitución como seres humanos. En relación a lo anterior, es particularmente extraño el interés que suscitan las investigaciones realizadas con yoghis. Tal vez, porque esa correlación que existe entre práctica, método y objetivo en los yoghis, es demasiado distinta a nuestra experiencia cotidiana occidental. Algo que podría estar plasmado en las siguientes palabras: Ve y zambúllete en el sereno mar de la soledad espiritual y lava tu alma en la transparencia de la meditación. Sumérgete en la profundidad de la Unidad y aléjate de las súbitas olas del mundo dual y de las aguas salobres de la diversidad. Yoga-Vasishtha Aproximadamente desde 1930, empezaron a realizarse estudios científicos de meditación y de otras formas de experiencias contemplativas. En 1935, se realizó uno de las primeras investigaciones relacionadas con las prácticas de meditación yogui. Thérèse Brosse, una cardióloga francesa, viajó a India con un electrocardiógrafo portátil y dijo haber descubierto a un yogui que podía detener su corazón. En esos años no se reconocían estudios de ese tipo en relación a la ciencia. Más tarde, alrededor de 1960 en adelante, se realizaron estudios científicos que fueron más avalados por el mundo científico. Entre ellos, se encuentra el caso del Dr. Elmer Green, que en 1970 realizó un estudio con Swami Rama, un yogui de Rishikesh en los Himalayas. Swami Rama era un hombre de unos cuarenta y tantos años de edad, que había practicado yoga desde los cuatro años. El Dr. Green describe en sus informes la habilidad de Swami Rama para regular funciones corporales que habitualmente están fuera del control humano. Entre ellas se encuentra la capacidad de controlar el flujo sanguíneo, a tal punto de poder dar direcciones opuestas a la temperatura de una de sus manos, produciendo zonas diferentes en ella: una de color gris pálida y otra de color rojo brillante. También era capaz de detener el bombeo de su corazón, al menos por diecisiete segundos; algo que el Dr. Green describió como un tipo arritmia, que habitualmente causa la muerte. Por otra parte, era capaz de producir en su cerebro ondas alfa y theta a voluntad. Era capaz de diagnosticar dolencias físicas en los demás. Y por último, en un ejercicio, se tendió con los ojos cerrados hasta que produjo el ritmo cerebral característico del sueño profundo. Después de veinticinco minutos abrió los ojos y repitió cada una de las palabras que se habían dicho mientras él se encontraba en un “sueño yóguico”, durante el cual ordenó a su mente grabar todo lo que se decía mientras su cerebro estaba “dormido”. En relación a este estudio William Johnston escribió: “La importancia de los experimentos, como los del Swami Rama, no yace precisamente en la posibilidad de detener el corazón o ejecutar hechos extraordinarios. Lo que es significativo es la posibilidad de crear una nueva forma de terapia a través del control del cuerpo”. A pesar de los datos que arrojan estas investigaciones y sus respectivas implicancias prácticas, sobretodo a nivel terapéutico; es fundamental no olvidar ciertos aspectos. En primer lugar, que este estudio realizado con Swami Rama, no es más que un ejemplo dentro de la meditación yogui, ya que los resultados de estudios realizados con budistas zen denotan una dinámica corporal totalmente distinta, tanto a nivel cerebral como en otras partes del cuerpo. Lo que se podría deber, básicamente, a las diferencias que existen entre ambas disciplinas, en cuanto a si la atención está focalizada en el interior o en el exterior. En segundo lugar, y tan importante como el punto anterior, no debemos perder la noción que aunque para fines terapéuticos, por ejemplo, todo esté centrado en alcanzar un conocimiento por medio de la concentración, para después adquirir una capacidad de control sobre nuestro cuerpo, esto es muy distinto en las tradiciones espirituales de los niveles superiores del Yoga, ya que tal control de las funciones corporales está considerado como de poca relevancia, en comparación con el gran ideal de unión con lo divino. De acuerdo a esto, los dos puntos mencionados son esenciales para no perder el rumbo dentro del tema que nos compete, ya que tanto los estudios científicos como las utilidades prácticas no son lo central en esta ocasión. Por otra parte, a pesar que la práctica de meditación yogui es muy distinta a lo que se ha descrito, debe ser considerada en cuanto a la reflexión ontológica de la meditación o del meditar, para ser más precisos. Porque si hay diferencias aparentemente tan fundamentales, ¿qué es exactamente meditar?, ¿Cómo le explico a alguien que nunca ha meditado qué significación subyace a la práctica?, ¿Será que no es una práctica, sino algo espontáneo que debe ser explicado y vivenciado por cada uno?, ¿Se justifica realmente intentar explicar o acercarse a lo que es meditar? Si el meditar está íntimamente ligado con el percibir, ¿Cómo percibir la meditación cuando se medita? El cielo y sus nubes De esta forma nos vamos adentrando en el mundo del “experienciar”, porque en el percibir yace una danza de nubes incesantes que están conectadas a través del ritmo de la respiración, cuyo soplo las guía, las impulsa y las desvanece. Francisco Varela dijo en la entrevista citada anteriormente: “La práctica de meditación sentado (samatha) es la forma concreta de hacerlo. Trungpa tenía exactamente esa actitud. Decía: “Siéntese durante un cierto tiempo, practique esta meditación sentado, tan simple, y por lo menos, sepa primero quién es usted, dónde está. Permítase tocar en forma tangible esto de estar vivo, de experimentar el mundo; de a poco aprenda a hacer espacio, literalmente, para que los contenidos mentales no sean lo que lo ocupen por completo, sino que tengan huecos, que sean como las nubes en el cielo y que uno adopte más y más la posición de ser el cielo”. Pero ¿qué es esto de adoptar la posición de ser el cielo? Algunas personas podrían confundir esta idea y pensar que aquel que medita se eleva, se desconecta, pero como ya se ha dicho, la meditación está abocada a la unión, al encuentro, y de ellos nace, cual hija, la entrega. Es así como estas ideas nos encausan apartándonos de la posible noción que el meditar implique quedarse en blanco o desligarse de la intelección. A veces la gente piensa que aquel que se encuentra en una meditación profunda no sabe lo que ocurre, y perciben su estar como algo similar al hallarse sumido en un sueño. Es cierto, como se mencionó anteriormente, que existen estados meditativos en los que la percepción sensorial adquiere una funcionalidad distinta, supuestamente “desapegada” del mundo exterior, pero ¿será este el objetivo?, ¿cómo es realmente la dinámica entre el encontrar y el perder? Entonces se puede ver cómo el cultivar la percepción, entre otras cosas, no es intentar relegar la mente del transcurso de la experiencia para focalizarla sobre un solo objeto, por ejemplo, y crear estados alternativos, “alterados” o diferentes. El cultivar nace desde la simple entrega a aquello que ocurre en cada momento, sin intentar incitar, alterar, encerrar, cambiar, clasificar o delimitar, conceptualizando de cualquier forma, aquello que aparece entre exhalaciones. De esta manera, vamos configurando nuestra vida a través de la vivencia presente, del vivenciar pleno y preciso. Cultivamos la percepción del fluir en el instante mismo, así como también la atención, que impregnada de olores, sonidos, gustos, vista, pensamientos y sentimientos, va construyéndose a sí misma como objeto y como un modo de ver quiénes somos. Entonces, la cosecha de este cultivo da pie para que el estar abiertos, observar y vivenciar en toda su amplitud la dimensión física y mental, esté dado sin supresión ni activación, alcanzando gradualmente la concentración y un entendimiento nuevo. Es así como a través de una suave y firme estabilidad y tranquilidad, se empieza a descubrir que esta calma o armonía es un orden natural de la mente. “El Bhagavad Gita nos dice que debemos trabajar sin codiciar los frutos de nuestra acción. En otras palabras, deseamos los resultados, pero no nos esforzamos ni luchamos por obtenerlos.” De acuerdo a esto, se puede decir que sin esfuerzo ni lucha por la experiencia se da la práctica de la meditación, ya que si no se remite a lo apacible, nada es lo que se obtiene. De esta manera, como el cielo y sus nubes, somos parte de una profundidad que nos muestra que todo lo que somos existe en el constante cambio. ¿Una conclusión o una simple reflexión? Después de haber limpiado algunos polvos antiguos y de haber introducido la punta de los pies en el agua, algo nuevo se ha pegado a nuestra piel y no es un parásito que se alimenta de sangre, sino que son minerales que nutren la reflexión, porque ¿qué podemos hacer sino cuestionar lo que se ha dicho? Algunos podrían haber indicado que el meditar conlleva a obtener paz interior, a establecer buenas relaciones con el entorno, a la eficacia, al poder distinguir la relación entre pasado, presente y futuro, al entusiasmo en el diario vivir, a la comprensión, a la superación del ego, de la dualidad y del sufrimiento. Pero está claro que no descansa en la intención de acercarse a lo que es meditar el fin de vestir al verbo de herramienta utilitaria. En la intención está anidada la idea de despertar espejos que nos reflejen lo perdido y generen luces de acción y pensamiento. Porque así como es el meditar, podría ser el deporte, la danza, el caminar, etcétera. Y la pregunta “¿por qué meditar?” se hace más fuerte. ¿Será que algunos quieren liberar su mente de todo pensamiento peregrino y dejar de escuchar la música de la vida, de la naturaleza?, ¿será que algunos practican para apartarse de la práctica? Tal vez todo lo que se quiere es suplir rápidamente la necesidad de evadirse, de escapar, de huir, para no encontrarse en el sí mismo; entonces volvemos a la utilidad, al “¿para qué?”. Es aquí, en medio de la congelada velocidad de nuestro tiempo, que dejamos preguntas engañosas, para abocarnos a la raíz que sale desde la tierra. Está demás decir, que esta “otra” manera de enriquecerse a partir de la simple experiencia, no es una práctica esotérica ni “mística”, encerrada en ciertas horas y lugares. Esta práctica, como podrían ser otras, implica estar atentos a lo que hacemos, a lo que somos, al cómo vivimos. Hay quienes dicen que de detalles está hecha la vida, pero ¿cómo hacer que el ciego vea? Es así como podemos ver que cada inhalación y exhalación es la vida, algo construimos en cada paso que damos, en cada silencio que regalamos. Si bien es cierto que la persona que medita llega a ser fisiológicamente distinta a aquella que no lo hace, este cambio no se aparta de uno mayor, que no sólo implica dieta, ropa y hábitos de dormir diferentes. Puede ser que a lo que “aspiramos” sea un estilo de vida distinto, que sea posible entre las formas agónicas de mundo en que vivimos, tal vez es ver la vida que hay en la muerte y la muerte que hay en la vida. Quizás esta pequeña reflexión de lo que podría ser el meditar, es tan sólo una metáfora más de nuestra vida diaria. Puede ser que el estar dispuesto a abrirse a sí mismo nos permita ver con precisión tanto nuestros problemas, como nuestras potencialidades, y de esta manera no sentir la necesidad de cerrar los ojos ante los problemas ni de exagerar nuestras cualidades. A lo mejor esta base de trabajo está siempre a nuestro alcance, así como el sentarse y meditar. Ojalá ésta y otras prácticas, contribuyan a que aprendamos a dirigir nuestras acciones de una manera más constructiva, que aprendamos a interrelacionar el pensamiento y la acción de tal forma que nos embarquemos por un buen caudal. Ojalá podamos desarrollar la capacidad de estar alerta, para llegar a ser más sensitivos en nuestras comunicaciones con los otros. Ojalá implique un despertar que nos empape de tolerancia, compasión, cooperación, humildad, comprensión y amor. Sería ideal ser parte de una corriente del océano que se ondule entre un sentimiento que sea escaso en las otras oleadas. Ojalá el retorno a la consciencia perdida, la reconciliación con nuestro origen y el significar la experiencia del estar vivo, no sea parte de crear dos mundos aparentes, ojalá implique unir lo que otros han querido separar, trabajar en el mismo mundo para dejar de sobrevivir y empezar a vivir. Daniela Díaz Rojas Monografía para optar al grado de bachiller en Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad de Chile Vicerrectoría de Asuntos Académicos Programa Académico de Bachillerato BIBLIOGRAFÍA 1.- Trungpa, Chögyam. “SHAMBHALA. La senda sagrada del guerrero”. Editorial Kairós. Argentina. 1991. 2.- Canessa, Nancy, Román, Sergio. Soto Andrade, Jorge, y Vega, Tatiana. “La celebración de la vida”. Revista Uno Mismo Nº 139. Editorial Agedit. Chile. 2001. 3.- Faludi, Magda. “Feng shui, entre el río y la montaña…”. Revista Uno Mismo Nº 171. Editorial Agedit. Chile. 2004 4.- Arce, Paulina. “El retorno a lo ancestral”. Revista Uno Mismo Nº 169. Editorial Agedit. Chile. 2004. 5.- Donoso, María Elena. “Meditar en zazen: Regresar a nuestro estado original”. Revista Uno Mismo Nº 166. Editorial Agedit. Chile. 2003. 6.- Donoso, María Elena. “Zen y el gran océano de la realidad”. Revista Uno Mismo Nº 158. Editorial Agedit. Chile. 2003. 7.- Donoso, María Elena. “Nada más que soltar el ego”. Revista Uno Mismo Nº 158. Editorial Agedit. Chile. 2003. Sitios de Internet: • www.alcione.cl/nuevo/index.php?object_id=439 * www.drikungkagyu.cl/drikung/ • www.budismochanssulun.org/chanssulun.htm • www.monografias.com/trabajos17/hombre-moderno-yoga/hombre-moderno-yoga.shtml#quees • www.kadampa.org/spanish/reference/history_of_buddhism.php • www.meta-religion.com/Psiquiatria/paranormal/la_religion_y_el_cerebro.htm • www.shambhalachile.cl/vision.asp • www.shambhala.es/ • www.yinyangandtaichichuan.org/wuwei.html • www.mundosophia.com/ms_arti_zen.html Este artículo no ha sido publicado en la Revista ALCIONE |
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